Vídeo proyectado sobre la pieza Memoria de un espacio.

Inauguración
OBRA SOCIAL CAJA MADRID
La Casa Encendida
02.02.2012 a las 20:00h.

La Exposción estará del 02.02.12 al 08.04.12

Memoria de un espacio

Instalación en La Casa Encendida.
Memoria de un espacio I, 2011
Videoinstalación. Pieza escultórica (maqueta), 90 x 80 x 60 cm / Vídeo HD
(emitido desde microproyector  al interior de la maqueta), 4 min (loop)









LA TUMBA DE LO REAL

Óscar Alonso Molina
“Polvo, ceniza, nada...”, éste es el epitafio de la desnuda losa en el suelo del Altar Mayor de la Catedral de Toledo bajo la cual se hizo enterrar el Cardenal Portocarrero, quizá como comentario crítico a su antecesor, el Cardenal Mendoza, que, allí mismo, en su día había hecho desmantelar parte del altar gótico para gloria y esplendor de su tumba, rematada con exuberante decoración plateresca. Hic iacet pulvis, cinis, hihil...; y quién dudaría, frente a las despojadas y elegantísimas fotografías de Amaya Hernández, que en su extrema desnudez, su vacío y quietud, su discreta sofisticación, no habita un espíritu idéntico en el momento de mirar lo esencial del mundo; algo así como cierta ligereza y serenidad junto al luto y la melancolía. Góngora mismo lo diría casi con las mismas palabras llegada la hora de recordarnos lo efímero de nuestras vidas: “antes que lo que fue en tu edad dorada / oro, lilio, clavel, cristal luciente, / no sólo en plata o viola troncada / se vuelva, más tú y ello juntamente / en tierra, en humo, en polvo, en
sombra, en nada.”
Pero en sus trabajos recientes la artista anima el silencio de esos espacios arquitectónicos completamente vacíos con el lento recorrido de las luces a lo largo del día: soberbia metáfora de la existencia del hombre a partir de su carcasa, como ella reconoce. Todo es mentira, artificio: el mundo como teatro, tramoya, decorado a escala para
una arquitectura efímera conmemorativa de aquellas que proliferaron desde el Renacimiento hasta el Barroco. Aquí hoy, también los actores son ya “todos espíritus, y se han fundido en el aire, en el sutil aire” como anunciara Próspero, porque en estas maquetas del mundo interior sólo habita ya una metafísica “ausencia humana del hombre”, por decirlo en expresión dechiriquiana, que conduce a un universo de ruinas. Ruinas en el instante de una deflagración inimaginable, y yo no sé si en verdad diabólica o angelical, donde presente y futuro se mezclan hasta no poder diferenciarse: en la claridad del aire, su transparencia muerta en medio de un escenario que se desmorona pero donde el polvo ya se ha posado; en el fogonazo cegador, tan intenso como el de Hiroshima, que dejó tatuadas por paredes y escalones las sombras de los seres y enseres desintegrados; en aquel silencio inexplicable que siguió a la histórica explosión, tal como detalla John Hersey en su testimonio estremecedor, ya un clásico; en la higiene y la discreta violencia de lo fulminante como caras aterradoras de la belleza; en un tiempo detenido que sólo se pone en marcha de nuevo de manera artificial...
Fotografía y maquetas hasta ahora, hoy vídeo e instalaciones..., es como si Amaya Hernández se encorajinara, adentrándose en unos espacios que antes sólo creía imágenes, imaginaciones quizá. Nos arrastra a todos consigo, dejándonos en medio de espacios creíbles pero imposibles por unos instantes, aunque en verdad, míralo bien, son posibles pero increíbles. Es, ya digo, algo que tiene que ver con una estética de lo fulminante, con la desintegración y la muerte, a pesar de su apariencia de eternidad (¿mausoleos, tumbas faraónicas?) y permanencia, estático detenimiento. La otra vida, tan borrosa y dudosa, sí, es aquí convocada, no te quepa duda, pero para revelarse al cabo como eso mismo: polvo, ceniza, nada.